Entretenimiento

Aunque tú no lo sepas

Con los niños no sólo lees como si acabases de salir del dentista, puesta de anestesia hasta la bandera; con los niños lees-cantas cual prima dona en el Scala

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE
SUGERENCIA MUSICAL, “La bicicleta”, de Carlos Vives y Shakira

 

Leer, no digo más: uno de los placeres más añorados y por eso, quizá, idealizado. Pero leer, leer, no silabear en voz alta y vocalizando tanto y tan exageradamente, que me río yo de Sarita Montiel y su fumando espero al hombre que yo quiero. Leer un libro de mayores, sin dibujos, con cientomil páginas aguardando a que yo, en mi intimidad y sosiego, me disponga a unir letras, que hacen palabras, que configuran frases, dan vida a párrafos, que seguro, seguro, seguro, me sumergen en un profundo y plácido sueño. Lo sé, eso no es leer: es dormir; pero siendo un walkind dead como soy desde que nació mi hijo mayor, cualquier experiencia relajante acaba en el punto de origen, ese lugar en el que todos acabamos siendo iguales a los ojos de Morfeo.

– ¡A ver, Lorenzo! – Llamo la atención del bebé con un libro multicolor, con pastas llenas de vivarachas letras, disfrazadas ellas de animales salvajes – Salió la aaaa, salió la aaaaa, no sé a dónde vaaaaaa…

Porque eso es otra. Con los niños no sólo lees como si acabases de salir del dentista, puesta de anestesia hasta la bandera; con los niños lees-cantas cual prima dona en el Scala. No hay un decálogo de cómo hacerlo, nadie te orienta al respecto, pero hay una norma tácita, que cual secreto masón, se trasmite telepáticamente de padre a padre, de madre a madre (y no se trasmite también al Espíritu Santo, porque el tío anda liado…). Así que, cuando oigas a un adulto narrar en alto, emulando el tono de un finlandés pidiendo un rebujito en Sevilla, sabrás que tiene niños en entre el público expectante. Es más, sabrás que t-i-e-n-e que hacerles atractiva la lectura. Me río yo de un ventrílocuo, ojú.

– ¡EsooEsUnaaaPoooollaaaa…!

¿¡Eeeh…!? – Estupefacción maternal en modo ON.

¿¡Cómoooo…!? – Mirada incredulidad manifiesta, esa soy yo, mismamente.

¡Aaaaaahclarooo…! – Respiro, aliviada, a la par que atacaíta de risa.

Cierto. Aquella letra A disfrazada de animalito era una polla. Pero una polla como una olla. Dicho lo cual, me dispongo a describirla: una letra A con plumitas amarillas, con su piquito, con sus patitas y, a mayores, un lacito en la crestita. No era una ‘A’ pollo, sino una ‘A ‘polla, que el aderezo femenino tenía su aquel identitario a ojos de mi bebé. Con el susto soez en mi cuerpecito serrano, me dispongo a seguir la lectura, qué cosa.

– Es una gallinita pequeña, Lorenzo, una ‘A’ disfrazada de gallinitaaaa… – Le acaricio la cara, aprovechando para robarle un beso loco.

– ¡No, mamá, no! EsUnaaaPollaaaaTieneUnLasoooMíaaaaa…*

No, mamá, no, es una polla, tiene un lazo, mira…*

Pues qué bien, allí estábamos mi pequerrecho de amor y mamá debatiendo sobre si la A era una gallina o una polla con lazo. Lo sé, el asunto de formar gobierno es de interés nacional, pero no me negarán, chatitos, que lo nuestro no tiene su aquel. Y como buen vodevil, se abre una puerta, y asoma el paciente padre, que llega justito cuando el bebé repite sin parar EsUnaaaPollaaaaTieneUnLasoooMíaaaaa, EsUnaaaPollaaaaTieneUnLasoooMíaaaaa, EsUnaaaPollaaaaTieneUnLasoooMíaaaaa.

– Pues no sé, como no estéis leyendo las p*tas sombras de Grey, ya me dirás…

Y ambos, padre, madre (y sí, supongo que ahora también el excluido líneas más arriba, porque el momento es tan divino como celestial) nos trochamos en juajuás, haciendo un canon a dos voces. No podemos parar de reír, y Lorenzo, que es más largo que un día sin WIFI, se cosca de que allí hay mondongo sandunguero. Se une a la risotada, sabedor de que algo tiene que ver con él, pero aun extremadamente inocente para saber con qué exactamente. Señala la A con lacito y, con su dedo regordete y maravilloso, y participa a su papá:

– Mía, papito, EsUnaPollitaGuapaaaa… – Arguye, complacido, el pequeño.

– Pues lo estás arreglando, hijo… – Aporto, atragantada con la risa.

– ¿No me digaaaas? ¿En serio? – El paciente padre acurruca, amoroso, al bebé en su regazo, haciéndose con el cuento en cuestión – Mira, mamá, qué libro más chulo…

– Mía, mamá, QuiLiboXuloooo… – Lorenzo, que está en la fase soy un tape recorder, repite con gracia innata.

– A ver, cieliño, ¿dónde está esa pollita guapaaa…?

Y hago mío el tono de finlandés pidiendo rebujito en Sevilla, al tiempo que parafraseo al bebé de mis anhelos. El paciente padre, que ya no cabe en sí mismo de emoción hilarante, se gira y me espeta:

– Una cosa te digo, nena, los vecinos locos: ¡l-o-c-o-s te digo! – Se limpia las lágrimas de felicidad – Qué grande que piensen que me sigues viendo con ojos enamorados…

– ¿¡A tiiii…!? – Le doy un coscorrón amoroso – No, a ti no, a tu p*llita guapaaaa… (Aquí ya con asterisco, porque el doble sentido juega su baza, claro…)

Ajeno a picanteces y chistes de pareja, tan trasnochados como tiernos, mi bebé se afana en pasar página, para enseñarlo, orgulloso lo bien que se le da hablar, lo bien que se le dan…

a) Las letras:

– Bbbbb… – Convencido, empieza a canturrear – EsosEsUnaBisiketaaa, ÉvameÉvameEnTuBisiketaaa, Xakíaaaa…* (Eso es una bicicleta. Llévame, llévame en tu bicicleta, Shakira! Culete a un lado, culete al otro, oh, yeah).

b) Los números:

– EsoEsUnVeiiiiinteeee… – El paciente padre y yo nos miramos, perplejos y orgulloso, porque, efectivamente es un 20, y Lorenzo sólo tiene dos años y también lo sabe. ¡Olé!

C) Las figuras geométricas..

– Mía, mamá, EsoEsUnCoññññño…*

– ¡Un cono, cariño, un c-o-n-o, un c-ooo-nnnnn-oooo! – Replicamos al unísono papá y mamá.

Se confirma: leer, ese placer oculto. O no tanto, visto lo visto. Si es que cuando hay ropa tendida, a buen entendedor, pocas palabras bastan…

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