Entretenimiento

Bailando todo es más mejorcito

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, ‘Better when I’m dancing’, de Meghan Trainor

Operación bikini. A veces tengo que recordar cómo era mi vida antes de ser madre para darme cuenta de que en este sindiós maravilloso en el que vivo, tiene sus muchísimas cosas cómodas, que me hacen desterrar a los ogros horribles y veraniegos que te persiguen cuando eres mujer coqueta como yo. Y es que desde que hay dos niños en casa a los que atender+cuidar+amar+consentir+educar, el lado más frivolón se me ha evaporado. No digo que me haya convertido en mi antiyó, pero bueno, con darme capas y capas de rímel como si mis pestañas fueran una pared de proyectado, ya me conformo (luminosidad facial, que le dicen). Es por eso que, cuando el calendario gira página y junio asoma sus bigotes, me digo…

– Otra vez me pilla el tren… – Chasco la lengua, meneo la cabeza y arqueo las cejas – Cambio de temporada en el armario de los niños: ¡vuelta la burra al molinooo…!

Y suspiro. Pero suspiro tanto que me da un conato de apnea. No, no se me asusten, que de los vahídos vanidosos me recupero en un tris, porque siempre hay alguno de mis miniyó que requiere de mi ayuda para devolver la pantalla del portátil a su orientación original (¿cómo hará el bebé para girarla una y otra vez, dándole manotazos al teclado? Fenómenos polstergeist…) o para intentar ponerle el martillo a Thor, que hoy tiene sesión de patio y niños locos de pasión por lo tipos con superpoderes, y tiene que ir al cole full equip. El caso, es que pienso que el cambio de ropa del armario es agotador, aunque en plazas más caprichosas hemos lidiado…

– Mami, te recuerdo que cuando nos conocimos, a estas alturas ya habías recorrido la ciudad dos veces en busca del bikini: de e-s-e b-i-k-i-n-i…

El paciente padre, recién levantado, me besa la frente a modo de ‘mamita, tú puedes’, porque sabe de mi infelicidad y mi jartá de auto reproches cuando no tengo todo controlado al 100%, algo que, por otro lado, debería tener más que digerido, ya que el orden y el concierto abandonaron este hogar en cuanto los niños asomaron sus bigotes de gambita de Huelva, y de eso hace ya casi cinco años, los que tiene el mayor.

– Es que e-s-e b-i-k-i-n-i, era mucho bikini… – Me río, inevitable no hacerlo, porque se me viene a la cabeza la estampa: NoeMadness en busca de la prenda de baño perfecta. No morcillas caderiles, gracias.

No tetitas de cabra, gracias. No estampados de hule de bazar chino, gracias – ¡La enajenación que me entraba cuando por fin daba con el más molón…!

– ¡Ya te digo…! – Replica mi maridito (ahora no es paciente padre, que estamos recordando épocas de libertino noviazgo, época pre hijos) – Te lo ponías para estar en casa, para estirar el elástico, ¿te acuerdas? – Risita tierna y cómplice.

– Vamos que si me acuerdo: ¡la magdalena de Proust!

Y me dejo ir en un mar de risas flojas, porque que el recuerdo del bikini tardío adolescente es el pasaporte a mi wild side, es más verdad que el anuncio de Hemoal (ojú, cariacontecida la muchacha protagonista, sentada en la silla de medio lado…). A poco que haga una expedición al pasado, me veo frente al espejo del baño, probándome la prenda fetiche, dispuesta a pasar un sábado en pareja (asfalto y terraza por toda playa desierta), con el fin de que, cuando por fin llegase el plan de arena, sol, Hawaian Tropic y un helado Colajet, los elásticos de la braguita no hiciesen de mi figura una calabaza de peregrino.

– Tengo que ir de compras para Nicolás, que las camisetas de verano le quedan cortas…

– ¿Barriga al aire…? – Ahora contesta el paciente padre, que estamos en modo progenitor ON.

– ¡Yes! – Le acerco una cucharilla para remover el café matutino – ¿¡Shakira…!?

– Ahá… – Asiente, mientras traga-engulle el desayuno, con los minutos del reloj imprimiendo carácter y ritmo.

– ¡Pues tal cual! – Visualizo mentalmente a mi mayor con la camiseta de Mario Bros, tan chula ella, que este año le deja el ombligo al viento… – Y para el bebé, necesitamos bermuditas cómodas, que las del verano pasado le quedan cual tirolés…

– ¡Quién nos ha visto y quién nos ve, mami…! – Ya cargando con la mochila de la guardería de Lorenzo, se despide con un frugal muá.

– No hagas caso, no pienses cosas locas, que después anhelas y lo mismo cursa con insomnio… – Me dejo dar el frugal muá, porque mola mil.

– ¿Insomnio…? – Se ríe – A mí me dejas dormir a pierna suelta y me despierta Ramonchu con la retransmisión de las uvas de fin de año…

– ¡Exagerado…! Que no falta tanto: junio… – Hago la cuenta atrás con los dedos.

– Fin de año del 2025, digo… – Replica, con sonrisa picarona.

– ¿¡2025…!? – Pregunto, mientras le pongo en brazos al bebé y hago malabares para que el mayor se abroche el chaleco del cole.

– Soy tan fan de las rimas consonantes…

Carcajada marital al unísono, tan loca como boca negra, porque cuando hay ropa tendida, ni los chascarrillos son todo lo chascarrillos que debieran, ni la operación bikini tan lujuriosa como se recuerda. Aún así, pongo rumbo a la parada del bus pensando que nunca otra vida fue mejor, sino más a la buena de Dios. Con rima consonante o sin ella, vivir esta familia es una aventura colosal.

Y mis saludos y achuchoncitos sinceros a las mujeres bellas que un día como hoy emprenden la ardua labor de encontrar el traje de baño ideal (poco me parece la beatificación, en serio…). En cuanto a mí, no se me desvelen, queridos, que lo mismo me hago con uno de cuello vuelto, tipo halterofilia, que no hay que preocuparse por la línea del bikini ni la flacidez abdominal y… ¡a bailar locamente en la piscina desmontable! A lo que hemos llegado, Virgencita de Caridad…

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