Entretenimiento

Un momento único

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE / SUGERENCIA MUSICAL, One moment in time, de Whitney Houston

 
No lo cojas en brazos al primer llanto, se mal acostumbra.

No duermas con él, lo haces dependiente.

No permitas que coma entre horas, criarás un obesito en ciernes.

No dejes que vea la tele hasta la deshora, harás de tu niño un sonámbulo.

No dejes luces encendidas para que duerma, será un miedica toda su vida.

No cedas a sus pataletas, prepárate para un Little Consentido.

No transijas con sus horarios de casi todo o para todo, te tomará el pulso y estás acabada.

No celebres sus éxitos y sus desdibujes sus penitas con golosinas XXL, la diabetes será tu culpa.

No.

No.

No.

Y no.

Que he dicho que no, ¿Qué parte no entiendes?

¡Ay…! Muy allá, remontándonos al principio de los tiempos, a la era Pre-Partos y Pre-miedos y Pre-cansancios y Pre-locura y Pre-socorro, que me alguien me tire al tren, que no doy para más, no faltaba día, semana o mes que alguna mamá sabionda, una conocida con rictus de no haber olido más m*erda que la de su orondo pompis, me recomendase cómo ser una buena madre. Pero una madre-madre, de esas que no se dejan seducir por el olor de sus bebés, ni por las cucamonas de los que no son tan bebés. Una madre recta, espectacularmente centrada, siempre con planes en la cabeza, infinitas botellitas de suero en el bolso, un botiquín de primeros auxilios y un bote de zanahorias baby, por si al niño le da hambruna de algo ecológico, con sabor a cartón reciclado. Esas mamás con un máster en modales, que saben más de la vida ajena, que de la propia o de sus propios hijos. Sin duda, una madre que yo nunca soy, no seré y aserejé ahá ejé, a jeven tu de jeven an de guanadiví. Que no. Yo no, gracias.

Porque desde muy al comienzo de esta nuestra historia de amor compartida, en la que mis niños y yo somos igual de neófitos en esto de convivir y convivirnos, siempre he aplicado la máxima de ‘Métase sus consejitos por el canal de Suez, gracias’. ¡Y lo bien que va, oigan…! Porque cuando acierto a la primera, y soluciono el conflicto con más o menos soltura, me siento que no veas. Y cuando no acierto a la primera, ni a la segunda y quizá tampoco a la tercera, no tengo nadie a quien culpar, salvo a mi misma y a mi intuición y/o ganas de hacerlo bien. Nadie en que focalizar y desviar mi frustración por no haber elegido bien. Y aún así, de entre todas las opciones posibles, equivocarme siguiendo mi senderito de amor, ese que mis niños y yo hemos empezado a trazar nada más conocernos, y que es, en sí, la mejor de las enseñanzas.

Mi deber es cuidarlos, amarlos hasta que me cruja el alma, evitarles peligros, hacerlos fuertes para las embestidas de la vida, que sin duda vendrán, y puede que yo ya no esté para recomponer los pedacitos y sanar las pupas, c*bronas. Mi deber es darles educación más allá de a, e, i, o, u y las tablas de multiplicar (para cosa matemática y lógica aplastante, el padre, siempre el paciente padre…). De mí y de su papá depende que estos dos tipos estupendos que he cocido en mi barriga se conviertan en tipos de bien, tipos que merecen la pena, con sensibilidad para ver el dolor ajeno, con habilidades naturales para ponerse en la piel del otro. De nosotros depende que crezcan felices, queridos, con una autoestima capaz de subir colinas y bajar montañas, porque el esfuerzo ya las ha elevado de categoría. De nosotros depende que se sientan seguros cuando dicen no y cuando dicen sí, que no hay seres de media palabra en esta familia. De nosotros depende que crezcan en un ambiente cero hostil para sus inquietudes y sus dudas, por muy desprevenidos que nos pillen y por muy violentas que sus cuitas puedan resultarnos. De nosotros, de mamá y papá depende que se sean y se sientan cómodos y felices de habernos conocido.

Por eso, cuando en una cafetería escucho cómo una chica cada vez menos chica da lecciones de maternidad exitosa a una embarazada, con su respiración de embarazada, su cara de miedito de embarazada, con sus revistas de embarazada bajo el brazo y su corte de pelo de embarazada (hazme una cosita cómoda, que en un par de semanas doy a luz y no voy a poder estar pendiente de mí en una temporada…), sólo me sale girarme, sonreírle y sin que nadie me haya dado vela en ese nacimiento…

– Pero sobre todo, sobre todo, sobre todo… – Hago pausa dramática, mientras me pongo el abrigo y cojo el bolso, ya para irme – No te olvides de disfrutar, porque nada de lo que te digan será tan increíble como amar a lo que llevas dentro.

La amiga-gurú, la que de parir se lo sabe todo y de amamantar me río yo de la loba capitolina, se molesta, cosa que tampoco me puede parecer del todo mal, y, en su legítima y ridícula defensa, me espeta:

– ¡Disculpa, que no caiga en este momento…! – Se toca la nariz, nerviosa – ¿Nos conocemos?

– ¡Ca…! – Ya pasillo adelante, me acojo al ADN castizo que aun llevo en las venas – Y ganas, ya te digo que ningunas. Hastalueguiiiii.

Lo dicho, cuando alguien me dice ‘Lo que tienes que hacer con los niños es…’, me encojo de hombros, sonrío y digo ‘será si me sale del epicentro, que de ahí, mismamente es de donde los he sacado’.

Queridas barriguitas 9 meseras, que no os amarguen el Baby-Horneado: no hay camino, se hace camino al andar, que dijo el otro.

 

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Buenos días


La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

Consigue tu polo conmemorativo del Centenario del Valencia CF

RÓTULOS CARDONA

Sígueme en Twitter