Opinión

¿Quién teme al comunismo?

Jose Segura / LO QUE HAY

Ha tenido que llegar el pacto entre IU y Podemos para que los agoreros, políticos y cantamañanas varios, pretendan volvernos a meter el miedo en el cuerpo, avisándonos de las maldades que rodean al comunismo y lo terrible que sería para España. Qué pronto han olvidado –o cómo se atreven a maldecirlo quienes no lo han vivido- los enormes servicios que los comunistas prestaron al país durante la dictadura, la transición y muchos años después.

No hacen falta grandes esfuerzos de memoria –ni ser comunista, que no lo soy- para recordar que el Partido Comunista de España, masa crítica fundamental de Izquierda Unida, fue la única organización clandestina que por medios pacíficos se jugó la vida de muchos de sus militantes por defender a los trabajadores.

Hay que ser un poco estúpido para haber tenido miedo a comunistas como Marcelino Camacho que pagó con la cárcel su liderazgo en Comisiones Obreras, aquel sindicato –hoy descafeinado como todos- que luchó hasta la saciedad por los derechos de los obreros. Esos mismos derechos que recientemente se han cargado socialdemócratas y, sobre todo, conservadores del PP.

Tampoco se tenía miedo en Europa a los comunistas italianos o franceses que tantos cargos públicos ocuparon, tras la Segunda Guerra Mundial y durante décadas, siempre dentro de las normas democráticas más exquisitas y sin ningún reproche significativo por parte de sus gobernados.

Como más tarde ocurrió en España, cuando volvió Santiago Carrillo trayendo su Eurocomunismo y permitiendo, con su generosidad y ausencia de venganza, el éxito de la transición, de la Constitución y de los Pactos de la Moncloa.

Así, ayuntamientos de ciudades de todo tamaño y comunidades autónomas, contaron con comunistas en sus gobiernos, alcanzando con su participación el primer gran cambio democrático prometido entonces por los socialistas. Aquellas coaliciones entre socialistas y comunistas salieron bien, siendo un excelente paradigma de gobiernos que modernizaron el país y lo hicieron más justo.

Sobre la honradez que suele caracterizar a los comunistas sólo pondré un ejemplo. Corrían los primeros años 80 del pasado siglo, cuando el concejal comunista del Ayuntamiento de Valencia, delegado de saneamiento, parques y jardines, cementerios y otras actividades, convocó un concurso de campaña publicitaria para concienciar a los valencianos sobre la importancia de mantener limpia la ciudad.

Ganamos entonces aquel concurso y trabajamos con él en muy diversas actividades divulgativas.
Hicimos aquella campaña de limpieza y varias más; convocamos a los ciudadanos a plantar miles de árboles en el viejo cauce del río Turia –“Arbolito de mi vida”-; cambiamos los antiguos y horribles carteles que prohibían pisar los jardines públicos, por otros en los que junto a una flor de diseño infantiloide se podía leer “Déjala crecer”. Culminamos su colaboración con aquel positivo comunista presentándonos al concurso nacional para la campaña de limpieza que promovió la Federación Española de Municipios y Provincias, con motivo de los Mundiales de Fútbol de 1982. Ganamos limpiamente. Y ni entonces ni antes, nadie que viniera del Partido Comunista nos pidió un duro.

De hecho –y sirva este relato como homenaje personal a aquel concejal comunista, Salvador Blanco-, años más tarde se me llevó el coche la grúa y cuando fui a la ventanilla del depósito municipal a pagar para retirarlo, me lo encontré de nuevo, con un mono azul y a cargo de la caja. Currando como siempre, en un puesto que revelaba claramente su honrada trayectoria y su modestia como funcionario.

Los comunistas españoles de la historia reciente de España, nada tienen que ver con las terribles historias del estalinismo ni con las barbaridades generalizadas en todos los bandos de la Guerra Civil española. Son personas normales y corrientes, evidentemente de izquierdas y, como mucho, más radicales que los socialdemócratas en la defensa de los derechos de los ciudadanos. Como tampoco tienen nada que ver los comunistas –salvo mínimas excepciones- con las dobleces y corruptelas de tantos socialistas que practicaron y practican el arribismo, el cohecho y la oscuridad, propias de la derecha más embaucadora.

Otra cosa muy diferente es la ideología, cambiante según convenga, de Pablo Iglesias y algunos de sus compañeros, que ahora vuelven a abrazar –con el abrazo del oso- la ideología comunista de la que provienen, que poco tiene que ver con las ilusiones y esperanzas de la inmensa mayoría de sus seguidores, que tan sólo pretenden un país mejor gobernado, en igualdad y sin miserias.

No nos equivoquemos pues. No es al actual comunismo español y europeo a quien hay que temer, como tampoco a gente como Gaspar Llamazares o Alberto Garzón, que siempre han demostrado ser inteligentes, cultos, honrados y dialogantes. Resulta mucho más ilustrativo refrescar la memoria reciente y calibrar quien ha hecho realmente daño a la mayoría de nuestros ciudadanos.

Twitter: @jsegurasuarez

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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