Opinión

Carcas, pijos y bárbaros

Jose Segura/FILOSOFÍA IMPURA

Obviando muchas cosas, muchas, ayer fue un día magnífico en el que por fin pudimos ver en el Congreso a una representación sociológica bastante parecida a la sociedad real.

Y como en la vida misma, observamos a los carcas mirando aterrorizados a los rastafaris como si fueran bárbaros, a los pijos con el ‘look’ que los define, a los ortodoxos con su rollo de siempre y a los nuevos rojos, saltándose a la torera –mal empleada la alegoría, seguro- la ceremoniosidad que caracteriza a los diputados de pro, esos que luego te la clavan hasta chuparte toda la sangre.

Una mujer de izquierdas se lleva a su bebé al escaño del primer día, mientras otra fémina conservadora le acusa de pretender solo un efecto mediático. Gran descubrimiento el de la señora de derechas, que sin pretenderlo da en el clavo pues, efectivamente, se trataba de dar visibilidad a lo compleja que resulta la conciliación con el trabajo.

Y es que todos aquellos que se escandalizan de ver en las instituciones de representación ciudadana lo que en la calle es normal, denotan su empecinado aislamiento de la vida real, manifestando que son incapaces de convivir con todos los ciudadanos, sean estos de cualquier creencia, cultura o extracción social. Y olvidando casi siempre que esos perroflautas que tanto miedo les dan, suelen tener un nivel académico y cosmopolita muy superior al suyo, o han estado trabajando en empleos más dignos que el de vivir de la mamandurria.

Mientras, los pijos también novatos en la Cámara, más acostumbrados a la convivencia con las tribus urbanas, guardaban un solemne silencio como auto homenaje a sí mismos por haber conseguido sentarse junto a sus mayores.

Así, carcas, pijos y bárbaros coincidieron por fin y con los mismos derechos en el Congreso de los Diputados, ofreciéndonos una de las imágenes más frescas de la reciente historia de España.

En filosofía, impura como siempre, conviene divulgar la consciencia de cómo –desde la intolerancia- se resiente el trato constructivo con los demás e incluso la misma capacidad para relacionarnos. El prójimo no supone una posibilidad de enriquecimiento para la propia vida, sino que se degrada al ritmo de los intransigentes, que debido a la progresiva pérdida de autoridad, sea religiosa, familiar o de cualquier otro tipo, se sienten desorientados cuando no en estado de pánico. (Mi agradecimiento a Walter Krejci, autor del documento sobre el respeto como actitud clave en la convivencia humana del que hoy he bebido).

De todas formas, la esperanzadora ceremonia de ayer tiene también su cara oscura. Los carcas siguen siendo trileros, los pijos se mantienen en su incógnito papel y los cultos bárbaros deberían rebajar su comprensible euforia que les lleva a manifestarse como prepotentes caprichosos y chillones, con demasiada prisa por romper con todo lo anterior.

Cuidado, que aún falta mucho para saber si lo de ayer resultará fructífero o habrá que llamar de nuevo a los ciudadanos para que vuelvan a las urnas. Y si eso ocurre, ya no será lo mismo.

Twitter @jsegurasuarez

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