Es evidente que nuestro país, que nosotros mismos, tenemos que mejorar. Va a ser la única manera de salir del jodido trance en el que andamos metidos. Además, para esta necesaria mejora no partimos de cero sino de menos mucho, lo que sin duda acrecienta el esfuerzo que entre todos debemos realizar.
La mejora de la situación de un gran colectivo de ciudadanos, como lo es un estado, no pasa simplemente por acatar los consejos, instrucciones y normas de los que nos gobiernan. Se hace necesaria también una gran dosis de actitud positiva en cada uno de nosotros. Sólo desde la suma de cada ardor individual, según nuestras posibilidades o capacidades, se hace país y se obtienen resultados realmente positivos.
Mucho se está hablando estos días de las capacidades que tenemos los españoles para afrontar los problemas graves y para triunfar. Lamentablemente, la historia da la razón a los que comentan que en España abundan más los fracasados que los triunfadores, más los saqueadores que los emprendedores, mucho más los que sólo tienen visión a corto plazo que los que se plantean metas lejanas que den rumbo a su vida con tesón, eficiencia y continuidad.
A ver si esta vez somos realmente capaces de destruir con los hechos la larga historia negra de nuestro comportamiento como ciudadanos, como emprendedores o como gobernantes. Me traigo a la palestra algunos ejemplos de los hechos históricos que tenemos que rebatir para demostrarnos a nosotros mismos que sí somos un pueblo capaz y capacitado.
Lo que quedó de nuestro Siglo de Oro. Jamás un reino tuvo tanto poder como España durante los siglos XVI y XVII. Menudo desperdicio. Ahí se vio la extraordinaria habilidad de los españoles para destrozar inútilmente uno de los mayores legados jamás conseguidos. Un país con la cultura en manos de muy pocos, un desgaste continuado de la riqueza en proyectos inútiles, la abundancia de miseria y una visión nefasta de los gobernantes de esa época, llevaron al traste un liderazgo de cuya pérdida aún nos resentimos. Si la Historia te aburre, puedes recurrir a novelas de aventuras que reflejan el tema, como la saga Alatriste de mi admirado Arturo Pérez-Reverte –del que ya me gustaría a mí ser su colega, para echarnos unas risas con nuestro común descreimiento y mala leche-, colección en la que además de batallitas nos aporta un trasfondo histórico y sociológico de gran calado. Por eso, lo que más duele es seguir viendo identificado a nuestro país cuando lees las movidas de antaño.
Las cartas de José Bonaparte a su hermano Napoleón. Esta es otra interesante lectura, aunque el recopilador de estas cartas, Vallejo-Nájera, no haya sido escritor de mi devoción. En la historia revisionada sobre José Bonaparte, poco queda a nivel popular más allá del mote “Pepe Botella”, con la que se insultaba al rey que representaba la invasión llamándole borracho. Lo que realmente le pasaba a este hombre es que era un depresivo, con su patología incrementada tanto por la lejanía de su corte de origen, como por las tristes realidades que iba descubriendo en el pueblo español. Como para no beber. Las Cortes de Cádiz, con su promulgación de “La Pepa” en 1812, le daban la razón. Hacía falta un cambio radical como pueblo y, por qué no, una revolución como la francesa que cambiara de cuajo este país. Pues eso que nos perdimos, porque una vez más nos negamos a mejorar.
Las consecuencias de las recientes décadas de los 80, 90 y 00. Pocas veces en nuestra historia, tuvo España un cambio tan aparentemente fructífero como desde mediados los 80 hasta más o menos 2008. Liderados por Felipe González, los españoles dimos un importante salto hacia arriba, en prácticamente todos los indicadores sociales y económicos. Con José María Aznar llegó a los ciudadanos una riqueza inusitada y, en mi opinión, por encima de nuestros méritos. El resultado de estas maravillas está a la vista. Hacia el final del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero se nos rompió el juguete. Ahora no nos queda nada y encima con grandes deudas. Vientos nefastos venidos de lejos han dejado a España como a unos zorros. Hemos quedado malheridos por una mala conducta que nos afecta a casi todos: a nuestros gobernantes centrales y autonómicos por su mala gestión; a las entidades financieras por su ambición desmedida y su desprecio al servicio público; a los pequeños nuevos ricos por comprar con desmesura haciendo operaciones insensatas; a los jóvenes, acudiendo en masa a la llamada del cuerno de la fortuna, al reclamo del ladrillo, dejando los estudios para al final no tener nada. Esto es lo que hay.
Por eso mi llamada a que aprovechemos el duro esfuerzo que ahora vamos a realizar para romper de una vez con lo peor de nuestra historia. Para demostrar que esta vez sí hemos aprendido. Aunque sea a base de hostias, que parece ser la única manera de que nos entre en la mollera. Es la hora de hacer un gran esfuerzo con “sangre, sudor y lágrimas”, pero sin abandonar aquello que nos llevará al futuro, como la cultura, el conocimiento, las metas individuales y las colectivas. En definitiva, el orgullo personal. Pero por favor, ahora con una honra bien entendida, que de hidalgos capullos ya hemos tenido de sobra.
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