Opinión

Sufridos bolsos

Susana Gisbert

Si hay uno de los grandes misterios de la humanidad que se renuevan cada día en miles de versiones, ése es el contenido del bolso de una mujer. Ojo, y digo mujer con toda la carga del estereotipo, porque, aunque ya hay algún hombre que porta bolso –sobre todo unas sobrias carteras cruzadas de viaje o las terribles riñoneras- en esto estamos a años luz. No sabría decir si para bien o para mal.

Todos los bolsos, sea cual sea su modelo, color o forma, tienen un defecto común: nunca son del tamaño correcto. Los pequeños, porque no cabe nada, y convierten cualquier boda o celebración en una tortura porque siempre nos falta algo en esas monísimas bomboneras o carteras; los grandes, porque cabe toda una vida y hacen imposible la tarea de encontrar nada, además de que acaban por dislocar el hombro de quien lo porta. O de algo más grave, si un desalmado trata de hacerse con él.

En el interior de un bolso se puede encontrar casi de todo. Desde los típicos útiles de maquillaje, lima de uñas o el imprescindible abanico en estos días, hasta enseres de lo más pintoresco. Recuerdo a una amiga que se metió en él, el tarrito de mermelada del desayuno del hotel, que se desparramó en su interior, haciendo que al encargado de revisar equipajes del aeropuerto casi le diera un patatús. Según contaba, a juzgar por su cara y su actitud, podría haber llevado una bomba con temporizador dentro que no hubiera sido capaz de sacarla de semejante emplasto.

Y, por supuesto, también están en su interior los elementos impresindibles que justifican su existencia: la cartera, las llaves y, en los últimos tiempos, el teléfono móvil. Pero, salvo el móvil, al que nos aferramos como si no hubiera un mañana, los demás tienen por común denominador su habilidad para esconderse en los más intrincados rincones, de modo que encontrarlos se vuelve una odisea. ¿Quién no ha visto alguna vez a una mujer rebuscando un buen rato en su bolso en busca de las llaves, hasta que un vecino le abre finalmentee el portal, o los agobios buscando la cartera para tratar de localizar, dinero, tarjetas de crédito o documentación? Y lo peor de todo eso es el listo de turno. Siempre, indefectiblemente, hay alguien al lado que dice eso de que las mujeres nunca encontramos las cosas, con un retintín de superioridad. Y eso, que ya tiene poca gracia, todavía la tiene menos cuando esa búsqueda tiene lugar casi con los dientes, porque en la otra mano se llevan las bolsas de la compra, el carrito del bebé o cualquier otra cosa, mientras el listo se queda mirando.

Confieso que mi bolso es fiel reflejo de mi escasa teendencia al orden, y de mi propensión a hacer más cosas a la vez de las que sería recomendable. Y ahí se mezclan, sin orden ni concierto, caramelos, tabaco –sí, aun no lo he dejado-, entradas de teatro o cine, o tickets de compra, con no sé qué cosa que mi hija me dijo que le guardara, una cargador pórtatil descargado y algún regalito de una boda que se supone que era utilisimo y que jamás utilicé, como una polvera, un atomizador de colonia o un espejito de mano. Y que, por supuesto, juro a diario que ordenaré en ese día de mañana que nunca acaba de llegar.

Y, cuando la portadora es mamá de una criatura, la cosa se multiplica al infinito entre cachivaches, toallitas, chuches o meriendas. Un caos. De hecho, siempre que veo los trajes de época me pregunto dónde metían las cosas aquellas mujeres.

Así que mi propósito de este verano es que aprendamos a prescindir de cosas y hacer más llevadera la carga del bolso. Y tal vez así nos cupieran otras como la solidaridad, la tolerancia y la educación que, como el saber, no ocupan lugar. ¿Quién se apunta?

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