Opinión

La independencia de Cataluña

Enrique Arias Vega / A CONTRACORRIENTE

Al menos la mitad de los catalanes tiene la quimérica pretensión de que la independencia de su región solucionará todos sus males personales y colectivos.

Hace 40 años, cuando la transición del franquismo a la democracia, no había elecciones ni sondeos que cuantificasen dicha creencia. En mi modesta opinión, la cifra podría ponderarse entonces entre un 2 y un 4 por ciento, confinada en los militantes del minúsculo Estat Català, en los radicales de Terra Lliure y en una ínfima minoría de la entonces exigua Esquerra Republicana. Es una opinión personal, ya digo.

Eso sucedía en una Cataluña oprimida por la dictadura franquista, sin derechos individuales ni colectivos, con un conocimiento escaso de la lengua catalana y con una renta per cápita veintitantas veces inferior a la actual. Un desastre, vamos. Hoy día, en cambio, con un bienestar, una libertad y una autonomía sin precedentes, la sensación de agobio político y la aspiración a la independencia son mayores que nunca en la Historia.

¿Cómo es posible semejante paradoja?

Lo es, supongo, porque las libertades políticas alcanzadas no han servido para unir a la sociedad, sino para dividirla. El poder democrático ha sido monopolizado por una minoría de la burguesía local, que se ha servido de las señas de identidad catalanas (lengua, cultura, historia…) para controlar la Comunidad y excluir al resto de los grupos sociales de la toma de decisiones.

La utilización del dinero público por ese grupo ha sido un buen ejemplo. Desde la quiebra partidista de Banca Catalana, a la imputación de Macià Alavedra y Lluís Prenafeta por el caso Pretoria, pasando por el enriquecimiento de la familia Pujol y el escándalo del Palau de la Música, el saqueo de las arcas públicas ha sido constante.

Aun así, el sentimiento independentista ha crecido exponencialmente. Ha sido un éxito de la propaganda propia y de los desaciertos ajenos; un resultado de la habilidad de los separatistas y de la torpeza sin límites de los creyentes en la igualdad de los ciudadanos españoles. Entre unos y otros han conseguido que ser independentista en Cataluña resulte in, moderno, cool, guay… ¿Cómo no ser, pues, soberanista, frente a la imagen retrógrada de los constitucionalistas?

Haber llegado hasta allí sin haberse percatado de esa inexorable deriva ha sido una responsabilidad inexcusable de los sucesivos Gobiernos españoles. Y creer que semejante problema se resolverá por sí mismo es de una estúpida e incomprensible ingenuidad, porque el que Cataluña consiga la independencia no es tan difícil.

Otro día reflexionaremos sobre este punto.

 

@EnriqueAriasVeg

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Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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