Opinión

Víctimas y victimarios

Susana Gisbert

El mundo se ha vuelto loco. O quizás sería más adecuado decir que se ha vuelto más loco de lo que estaba. Que no era poco. Pero en los últimos tiempos apenas hay un día en que los informativos no nos saquen de la zona de confort a golpe de sobresalto teñido de sangre e intolerancia. Y de barbarie, como ocurre siempre que la violencia y la intolerancia se convierten en pareja de hecho.

Nombres de ciudades y lugares se han convertido en referentes del horror, y simplemente con hablar de Niza, Orlando, Bruselas, Paris o Munich acuden a nuestras cabezas escenas terroríficas. Y miedo. Mucho miedo, tal vez lo más peligroso. Y luego están “las otras”: Kabul, Estambul, Mossul, Siria…todos esos sitios que por lejanos parece que duelen menos, aunque sufran el azote prácticamente a diario. Como si hubiera víctimas de primera, de segunda y hasta de más categorías.

Lo pensé cuando ocurrió la tragedia de Munich. Apenas estabilizado el pulso cardíaco tras el impacto de Niza, de nuevo las cadenas de televisión y radio interrumpían las emisiones para darnos una nueva bofetada, y las redes sociales hervían con fotos, noticias y rumores, no todos ellos verdaderos. El desconcierto que sigue a estas noticias, el aluvión de datos, las conexiones en directo y, conforme se iban conociendo los entresijos, la vuelta a la normalidad. Tal cual. Una vez se supo que no era obra del terrorismo yihadista, la cosa como que perdía interés, como si los muertos fueran menos muertos. Y luego algo peor, un pico de alarma porque varios episodios tremendos suceden en la zona de Baviera, y una relativa tranquilidad tras las primeras averiguaciones. Hasta el punto de llegar a decir que uno de esos hechos “solo” era un tema de violencia de género. ¿¿¿Sólo??? ¿Es que no nos duele tanto esa pandemia que está azotando a millones de mujeres en todo el globo terráqueo? Más desazón.

Y más. En Japón alguien lleva a cabo una matanza en un centro de discapacitados en el colmo de la crueldad y la deshumanización. Pero no llama tanto la atención. No se pueblan las redes de banderas japonesas ni de mensajes afirmado que #yosoy esto o aquello.

Es tremendo pensar que nuestras mentes hagan una especie de ranking de víctimas, más o menos merecedoras de reproche y solidaridad según la distancia y las causas. Y más tremendo aún si reflexionamos que esa supuesta solidaridad no sea tal, sino miedo puro y duro a poder vernos en esa situación. Nos espanta Niza porque nos hace sentirnos vulnerables, porque podríamos haber estado ahí. Pero nos espanta menos si la acción se debe a otras causas, contra colectivos a los que no pertenecemos o a los que creemos no pertenecer, o si no pone en jaque nuestro modus vivendi. Así de triste y así de duro.

¿Víctimas inocentes? Eso dicen muchas veces, para recalcar la magnitud de la tragedia. Pero ¿acaso hay víctimas que no sean inocentes? ¿Alguien se merece ese final por el hecho de haber nacido en un lugar, pertenecer a un colectivo o estar en el momento y sitio inoportuno?. Lo último, el sacerdote de Normandía, pero podía haber sido cualquier otro. Y mientras, en todos los puntos del planeta, víctimas de la intolerancia por doquier. En guerras absurdas, o por hechos terribles de los que no siempre se habla. Como los crímenes de honor, que parecían preocupar bien poco hasta que la víctima fue una mujer con proyección pública, asesinada por su hermano por esa misma proyección.

No hay víctimas inocentes. Todas lo son por el hecho de serlo. Y todos lo somos porque nos afecta. O nos debería afectar. No entremos en el juego de aceptar que hay víctimas de primera, de segunda y hasta de tercera categoría Ni confundamos la solidaridad con el miedo puramente egoísta.

Las víctimas siempre son inocentes. Quienes no lo son los victimarios. Ni quien entra en el juego de clasificarlas y alarmarse según le toque más o menos cerca. Y hasta según le interese.

No caigamos en la trampa. O las víctimas acabaremos siendo todos.

@gisb_sus

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