Entretenimiento

Por el caminito que me sé

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, ‘Here I go again’, de Whitesnake, cover por Mystimayhem

 
Aunque a priori induzca a chufla, que un día te levantes pensando en si lo estarás haciendo bien con los niños, no es nada extraño. Nada extraño ni baladí, porque cuando andas con la cosa revuelta, con el sueño cambiado y con ganas infinitas de dormir una noche entera y seguidita, de 00:00 a 07:00, como las gasolineras, hay momentos muy de ‘Carlos, trata de arrancarlo, por Dios…’. Será el cansancio; será. Será la incertidumbre; será. Será que necesitas que alguien te pase la manita por el cogote, asegurándote que todo va bien; será.

– Luis Pérez me dijo que su mamá era la mejor del mundo…

Mil grados al sol, intentando entrar en un coche de dos puertas sin aire acondicionado. Madre-sherpa cargada a brazos llenos con mochila, chaleco, manualidades de viernes que vienen para casa, la pelota de Spiderman que se había perdido el lunes pasado en el patio, pero (oh, qué suerteeee…) hoy había aparecido misteriosamente, media bolsa de chuches del cumple de Loreto García, que no va en su clase, pero son amigos del comedor. Cuando por fin puedo sentarlo en la sillita, mi mayor itera…

– Que Luis Pérez me dijo, mamita, que su madre es la mejor del mundo, ¿qué te parece? – Nicolás, que está aguantando el pis, mueve las piernas sin control, mientras se agarra la entrepierna.

– ¿Pero yo no te acabo de preguntar si querías ir al baño, muchacho…? – Sólo de pensar volver al cole, con el sol dándonos en la cabeza y él con ánimo de que lo lleve en brazos (dolores de pierna mágicos, que sólo aparecen cuando hay que hacer algo que no es jugar), me entra síndrome de colon irritable.

– ¡Yo pregunté primero, así que, te toca! – Nicolás intenta disimular su ‘veo, veo, yo me meo’, cruzando las piernas con fuerza y torpeza – ¿Qué te parece que la madre de Luis Pérez sea la mejor?

– ¿Pero la mejor en qué, amor…? – Según me dispongo a ir hacia la parte de delante del coche, mi mayor me asesta, sin querer, un patadón en todo el morro – ¡C*ñooo…!

– ¡Haaaleeee, has dicho una palabrotaaaa…! – Nicolás intenta taparse los oídos, pero no puede hacerlo con las dos manos, porque una la necesita para hacer pinza en sus mini partes, y evitar, así, que el pis fluya, cual Manneken en Bruselas.

– ¡Pues aun voy a tener que quejarme haciendo rimar jarchas! – Dolorida, pero feliz de conservar aún los piños en su sitio original, arranco el coche.

– ¿Jarchaaaa…? ¿Jarchaaaa…? De mamita, te quiero una jarchá, claro… – Nicolás se ríe muchíííísimo.

Desconoce el alcance creativo de su apunte, pero versiona lo que oye y es raro que no le encaje con gracia y salero.

– La jarchá de ‘ya te lo dije’ que te voy a regalar como te hagas pis en el coche, muchachito… –

Veo por el retrovisor que la risa no para, y sé que esto va a acabar en inundación. Es final de semana y mi niño está fuera de sí (estoy en la firme creencia de los viernes alguien rocía el aula con fru-frú de adrenalina para que los padres empecemos calentitos el finde…); observo como mi mayor sigue apretando las piernas hasta la estrangulación para que la carcajada loca en la que anda, no haga aguas…

– ¿Paramos para hacer pis o aguantas…? – Las urgencias urinarias son un imán para los atascos/las invasiones extraterrestres/abueletes al volante de vehículos sin carnet/autobuses averiados – Vamos a tener que parar, porque de aquí no salimos ni en media hora…

– ¿Media hora es mucho o poco, mamita…? – Inquiere Nicolás, viendo como en el coche que tenemos parado en paralelo, un señor hace una bolita – Mamiiiii, ese señor marranísimo está haciendo albóndigas con los mocos secoooos…

30º C, coche dos puertas sin aire acondicionado, ventanillas abiertas para no morir sofocados y un niño con una intensidad pulmonar tal, que hace que sus palabras se oigan, si no en Tudela, puede que en Cangas de Onís. El señor buen hacedor de albóndigas de mocos secos, se gira hacia nosotros, con cara de me han pilla’o con el carrito del helao’ y se apresura a tirar la bolita. Agradezco que, de los nervios, no nos la haya colado por la ventanilla y miro a Nicolás, retorciéndome en el asiento del conductor.

– ¿Y a ti que te importa eso? aversiestamoscalladitoshastaquelleguemosacasadeunaveeeez…

– Yo me callo, pero ese señor hizo asquerosidades así… – Y mi mayor hace que moldea una bolita, metiéndose el dedo en la nariz y mirando para el hombre en cuestión, que ya se había puesto las gafas de sol y con exagerada rigidez (cuello tabicado en modo ON), se esforzaba en ignorarnos mucho y bien.

– ¡Nicolás, me voy a acordar de la madre en Pilatos! – Bufido magnífico. Ojú que caló – Si te vuelves a meter el dedo en la nariz, te pongo un tapón…

– ¡Aaaah, muy bonito! Te acuerdas de la madre de Pilacho* (*Pilatos, claro) y no te acuerdas de la madre de Luis Pérez, que él dice que es la mejor… – Piernas cruzadas y brazos en jarras. ¿Un sacacorchos? Tal cual.

– Pues que seguro que lo es: no hay madre mala… – Por fin se abre el semáforo. El señor hacedor de albóndigas de moco seco hace una arrancada que lo mismo se dejó cincuenta euros de neumático en el asfalto.

– ¡Vaya arranzo totaaaal! ¡Cómoooo moooolaaa…!

Y de la emoción por estar en la Pole Position y ver como aquel coche se convertía en cohete, veo como mi miniyó afloja la tensión de las piernas, al tiempo que se le pone cara de interrogación. Las madres, que no lo sabremos todo, pero casi…

– ¡Nicolás, hombre, nooooo…! – Pero sí. Oh, oh…

– Mira, déjame que te explique… – Mi mayor arquea la cejas, traga saliva y se da segundo y medio para respaldar lo irrespaldable – Verás, no es pis-pis, es sólo medio pis, porque aún se me quedaron ganas dentro…

– ¡Chitón, eh! ¡Chitón…! – Hago gesto de aquí no habla ni Cutús hasta que lleguemos a casa, sin desviarnos nadita del camino que me sé. En el aire se mascan los ‘ya te lo avisé’.

– ¿Y a qué no sabes lo que le dije yo a Luis Pérez? – Tic, tac, tic, tac – Que la mejor mamá del mundo era la mía, pero que la suya podía ser la tercera, detrás de mi abuela, que es la segunda mejor porque siempre me deja ver en Gordo y el Flaco en su tablet…

¡Yeepaaa! Muertesita de calor, hasta el ‘qué sé yo’ de tanto atasco, segura de que la sillita de Nicolás era una balsa de pises fermentados, me sentí feliz cual regaliz; porque cuando una se pregunta si lo está haciendo bien, hay que ir al meollo de la noticia. No vale que te lo diga tu cuñado, el solterito que sabe de manchas de vino en el anuncio de Vanish OxyAction. Sólo cuenta, reconforta y llena de orgullo y satisfacción si son ellos, tus niños, los que lo te lo hacen saber. Lo sé, su declaración de cariño incondicional es una treta para desviar la atención por haberse hecho pis, pero en la guerra, como en el amor, casi todo vale, anda que no…

noemartinez.es

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ES NOTICIA

ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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