Opinión

Panamá, Panamá

Enrique Arias Vega / A CONTRACORRIENTE

Nada tiene que ver el Panamá actual, de rutilantes rascacielos en el distrito financiero de la capital, con aquel otro de hace 40 años, cuya miseria y suciedad llegaban hasta el borde mismo de la cuidada y próspera zona norteamericana del Canal, con espléndidos y recortados céspedes.

Era 1977 y Omar Torrijos y Jimmy Carter acordaron la devolución del canal a Panamá y la retirada de las tropas estadounidenses. No es una coincidencia que justo entonces se creara el bufete Mossack Fonseca, que ha gestionado el dinero opaco de grandes fortunas internacionales, según desvelan los escandalosos informes ahora descubiertos.

Es que ésa siempre ha sido la intención de los forjadores de un país artificial, arrebatado a Colombia en 1903 por el presidente norteamericano Theodore Roosevelt, cuya vanidosa frase “yo tomé Panamá” sirvió al gran periodista Gregorio Selser para titular el libro en el que narra la efeméride como ‘El rapto de Panamá’.

Se trató entonces de realizar un enorme negocio internacional con el tránsito de barcos y mercancías a través del istmo, primero, y de crear un complejo entramado de intereses comerciales y financieros, más tarde.

Así, hoy día, el pequeño país centroamericano tiene en la Zona Libre de Colón la segunda área franca portuaria más grande del mundo y ha conseguido en los últimos diez años multiplicar por dos veces y media su renta por habitante.

Nada de todo esto habría sido posible, no obstante, si no se hubiese montado un sistema de opacidad tributaria y de ocultación financiera común a otros paraísos fiscales del mundo.

La riqueza de estos países que ayudan a trapichear con dinero de origen desconocido se realiza a costa de los perjudicados por dicha evasión. Es lo mismo que le ha ocurrido desde siempre a la opulenta y plácida Suiza, como ha demostrado repetidamente el sociólogo Jean Ziegler, que en su interesada neutralidad se benefició hasta del expolio económico perpetrado por los nazis.

Y es que, por desgracia, a diferencia del mundo de ficción, en la vida real, donde se mueven miles de millones de origen oculto, los criminales casi siempre acaban saliéndose con la suya.

@EnriqueAriasVeg

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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