Entretenimiento

Monas de Pascua, dulces vitalicios

Tino Carranava / Gastroinforma

Orígenes bien diferentes, ambientes gustativos dispares, concepciones golosas antagónicas y gustos personales desiguales, se diluyen cuando nos arrojamos en el universal dulce de la Pascua. No reconocemos contradicción alguna ante el consumo de la legendaria mona.

La arcadia azucarada habitada por una pléyade de dulces nos acompaña: rosquillas, torrijas, pestiños, suspiros, monas, panquemado. Cada creación desde su personalidad, y con mayor o menor ortodoxia pastelera, nos conquista indefinidamente. Se trata de un mérito frecuente. La semilla del afecto se concreta frente a otros dulces importados de cuyo nombre no queremos acordarnos. La repostería nos regala creaciones, rescatadas de manera fortuita, que iban derechas al olvido.

Refugiados en pastelerías sufrimos aparentes delirios y dulces premoniciones, hasta la llegada de nuestra protagonista deseada con adictiva tradición. Las pasiones clandestinas salen a la luz mientras huimos de cualquier abdicación golosa. Si hay un dulce que se ha trabajado su propio destino es la Mona de Pascua. Vicente García (Av de Regne de Valencia, 6).

Nos liberamos del presidio goloso mientras nos volcamos en el activismo dulce. Metidos en trapisondas gustativas exigimos la proclamación universal de la mona de Pascua. Su impecable hoja de servicios nos desquicia dulcemente. No hay traspaso de poderes, ni alternativa ante la ciega avaricia de paladares vulnerablemente nostálgicos. La Tahona del Abuelo ( Plaza de España, 1).

De la misma manera que no hay fenómenos inexplicables sino inexplicados, la peregrinación por hornos y pastelerías, se actualiza todos los años. El “malévolo” chocolate campa a sus anchas por escaparates, convertido en un referente.

El gastrónomo no distingue más clases de dulces que los que determina la cuantía gustativa. En plena pleamar golosa nos conducimos de manera atenta hacia escaparates en busca de la mona deseada, con el efecto inevitable de resultar satisfactorio. La Rosa de Jerico (Hernán Cortés, 12).

Tentados desde los escaparates

La estación de penitencia resulta fantástica. Nos mimetizamos en el paisaje dulce de la Pascua. Vamos a más, acicateados por las creaciones de chocolate que vemos a nuestro alrededor. Dulce euforizante hasta límites insospechados. Alienación colectiva que deja huella en nuestros paladares de manera vitalicia. Irreverentes desde el primer momento, somos retados desde los escaparates mientras hacemos esfuerzos de autocontención. Mompla ( Pizarro, 32)

Tras la austeridad dulce nos dejamos arrastrar por el ímpetu chocolatero. Nadie que no haya probado la auténtica mona de pascua sabe el inmenso placer que significa. Representa una afortunada y tradicional manera de consumo unidireccional. Forn de Manuela (Benidorm, 12).

Meriendas regadas de monas con anisetes de colores, acompañadas de la entrañable longaniza de Pascua, quedan tatuadas en nuestra infancia. Dulce apadrinado, tutelado por sentimientos que provocan emociones esculturalmente “achocolatadas”.

Meca de la peregrinación

Los hornos se convierten en meca de peregrinación. Citas obligadas. Nos acercamos hasta el escaparate de manera fluida y con absoluta naturalidad. Se masca la alegría, los nervios visuales hacen nudos en el estómago. “Oye, ¿qué te parece esa?, ¿y esa otra? Vamos para dentro”. La magia y la sensibilidad no pasan inadvertidas, ante nuestros sentidos, desde el mostrador. Hay lista de espera. Una imagen vale más que mil palabras. La gastronomía dulce no tiene estructuras de ficción. Sin mona no hay Pascua.

No intenten reactivar las menguantes expectativas golosas en un horno anónimo. Abran un expediente dulce: busquen, comparen y se encuentran algo mejor…uhmmm.

En cuanto abandonamos la edulcorada Pascua regresamos a la tozuda realidad mientras las aguas vuelven a su cauce. El hábito no hace al goloso… y colorín azucarado, este relato se ha terminado.

La sociedad gastrónoma, por naturaleza interconectada dulcemente, hace saltar a diario los protocolos golosos convencionales con la llegada de la Pascua. Durante la próxima semana tendremos que mantener el nivel de alerta máxima, ya que aumentan los niveles de amenaza golosa. Los servicios de inteligencia prevén actos dulces sin fin. El peligro es global, real y permanente, según los expertos pasteleros. Recibimos entrenamiento y formación gustativa en el manejo del chocolate. Patrullamos pastelerías, visitamos hornos. Hay que estar prevenidos y no asustados siguiendo el consejo quevediano. No es traidor el que avisa, ante la constatación de otro (b)año goloso que renueva el arquetipo dulce pascuero.

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