Opinión

Que bello es vivir

Susana Gisbert

Siempre me gustó el título de esta película. Aunque no sea Navidad y el calendario no nos mande sonreir, tocar la zambomba o amarnos los unos a los otros -o fingir que lo hacemos- ni desearnos la paz mundial. O quizás por eso.

La cuestión es que cada vez que los informativos nos plantan en plenas narices una tragedia que nos remueve las entrañas, deberíamos pensarlo. Sobre todo, si la tragedia nos pilla tan cerca que podríamos haber sido nosotros. O nuestra hermana, nuestra hija, nuestros amigos o cualquier persona cercana. O si ocurre en un sitio donde hemos estado, o en un entorno que nos es próximo por cualquier razón. Debe ser cosa de la condición humana.

Catorce chicas muertas en un accidente de autobús tras visitar nuestras fallas. Catorce estudiantes jóvenes, europeas, como cualquier de las que nos cruzamos en la calle, en el metro o en las aulas día a día. Catorce vidas a las que el azar repartió cartas marcadas mientras las llamas de las fallas se suponía que simbolizaban una nueva vida. Catorce familias rotas, que podían ser la nuestra.

Más de treinta personas muertas también, al cabo de pocos días, un poco más allá de nuestras fronteras, víctimas de la sinrazón y el fanatismo. En nuestro entorno, en un lugar al que muchos hemos ido, y en el que, el que más y el que menos conoce gente. Personas que iban o venían de viaje, personas que iban a trabajar, o a estudiar, o hacer cualquiera de las cosas que hacemos todos cada día. Personas con vidas iguales que las nuestras y que podíamos haber sido nosotros.

Y, un poco más lejos, muchas más personas jugándose la vida día a día. Tantas, que ni siquiera sabemos el número. Personas que parecen más lejanas, precisamente porque no tenían una vida como la nuestra. Y, precisamente, porque aspiraban a tenerla. Ya no nos resultan tan cercanas, ni tan iguales a nosotros. Quizás por ello no hacemos minutos de silencio cada día ni teñimos de sus colores -sean los que sean- nuestro avatar. Personas que no cobran realidad ante nuestros ojos hasta que alguna fotografía nos lo recuerda. Como Aylan, aquel niño que, aunque era uno entre los muchos que han tenido tan espantoso final, nos recordaba que podría ser nuestro hijo, nuestro nieto, nuestro hermano.

Mientras, todavía más lejos, muchas más personas mueren cada día fruto de la misma sinrazón que se llevó a nuestros vecinos belgas, la misma que obligó a los padres de todos los ‘aylanes’ del mundo a jugárselo todo a una carta, la de una Europa que les está pagando con una bofetada en la cara. La Europa a la que pertenecían las catorce chicas muestras en la carretera, y las más de treinta personas asesinadas en los atentados de Bruselas.

Por eso no dejemos de levantarnos cada mañana pensando en ese regalo que es la vida. El regalo de no vivir -o morir- en un lugar que nos obligue a huir, el regalo de haber nacido en este tiempo y tras estas fronteras, porque en otros tiempos podríamos haber ocupado su lugar. El regalo, también, de no estar en el sitio inadecuado en el momento justo. El regalo de la vida. Y tratemos de volver al menos de devolver un poco de todo esto que tenemos a aquellos que solo aspiran a vivir. Que no es poco en los tiempos que corren.

@gisb_sus

 

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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