Entretenimiento

Montañas de diseño, tontacos a la vista. (Parte dos)

Un día de montaña y senderismo: alicientes e inconvenientes

Perico Cansino

Empezamos la caminata despacito, tacita a tacita como se montañea, poca gente y amable: buen día, cuidado que en un rato pica mucho para arriba… Por cosas de la vida las montañas y los sudores aumentan la cortesía en las gentes de bien.

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Ruta preciosa y dura, digna de ver y de andar. Después de un par de horas de subida llegamos a una presa y decidimos hacer una pausa para coger aire, beber un trago de agua y, todo hay que decirlo, fumar un cigarrillo, apagado en una botella con un culín de agua que no hay que poner el monte en riesgo, ni siquiera llenarlo de porquería no biodegradable. Uno que estaba satisfecho, le da por mirar hacia arriba, las montañas ya bastante más cerca de la cabeza, y abajo, el suelo bastante más lejos; y no dar crédito de la información que trasladaban los ojos a través del nervio óptico a mi oxigenado cerebro.

Del libro "La montaña llena de gentes cuando me dijeron que no habría ni un alma, caray!", de Perico Cansino.
Del libro “La montaña llena de gentes cuando me dijeron que no habría ni un alma, caray!”, de Perico Cansino.

No puede ser; una serpiente multicolor de gentes ascendía por la ladera en nuestra busca, en filita como la procesionaria de los pinos. Tensión. Vámonos de aquí que hemos hecho algo y estas gentes vienen a lincharnos. Ya. Última calada al cigarro y último trago de agua y para abajo.

El primero que nos cruzamos ladera abajo era un chico que rondaba los cuarenta que parecía un árbol de navidad, lleno de ropas fosforescentes, cinta en el pelo, gafas moradas reflectantes, zapatillas galácticas, mochila de diseño de la que le colgaban un montón de aparatitos…y piensas: ¡Zape!¡Un profesional de esto!. Hasta que llegas a su altura y te das cuenta de que resopla más que un tren expreso y le pitan los pulmones como si tuviera una filarmónica en el pecho y piensas: otro tontaco que cree que vistiéndose de tonadillera galáctica y gastándose 200 mortadelos en el Decathlon va a subir montañas al ritmo de Spiderman: “El hábito no hace el monje”, calandraca.

Siguiéndole una chica, también muy colorida, con un bastón que parecía una antena de coche puesta del revés,-debe ser que no hay palos en el campo gratis- colorada como el culo de un mandril y amenazando al planeta porque llevaba el bastón cogido del sobaco, como si fuese un picador.

Japoneses haciendo fotos, señoras con botas de tacón dando culadas cada 10 metros, idiotas con bebés en la pechera embutidos en mochilas al uso: “Save the children de los tontosdebaba”, caniches gigantes como caballos a los que le llegaba la lengua al suelo de cansancio, de esos que el esfuerzo más grande realizado en su perruna vida es que los lleven a la peluquería canina, como sus dueñas; adolescentes postureras poniendo morritos para hacerse los selfies cada tres o cuatro pasos :“Esta sí que mola, loca!…

Uno detrás de otro un precioso muestrario de lo mejor del género humano. Yo, como un idiota más, dando los buenos días a todo el mundo. Esta vez nadie me contestaba: unos porque no podían ni respirar, otras porque haciendo morritos no se habla, otros porque hay que ver que no se manche el perrito, otros porque la vomitera del bebé les ha puesto la pechera perdida.

Mientras luchaba por sobrevivir a esa maraña de humores, de olores y de sinsabores, me acordaba de los pastores y los muchachos con los que recorría las sierras hace ya muchos años, con una bolsa de saco a las espaldas llenas de melocotones y tomates, de los ciervos y los corzos cruzándosete en las veredas, del cayado de madera, de la sonrisa en los labios…

Las montañas son las mismas, llevan toda la vida ahí, los que hemos cambiado somos nosotros. Impepinablemente a peor.

PS. Era mentira: la montaña y el sudor no aumentan la cortesía, sino el espacio vital y el sentido común.

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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