Opinión

Presuntos y bicicletas

Jose Segura / LO QUE HAY

Harto anda ya uno de tanta presunción de inocencia que esgrimen políticos envueltos en escándalos de corrupción, no porque legalmente tengan derecho de serlo hasta que un juez demuestre lo contrario, sino porque en política todo mandamás es responsable de lo que ocurre a su alrededor cuando las cosas no están bien hechas.

Ya he escrito alguna que otra vez mi incomprensión hacia esos altos cargos políticos que se escudan en su inocencia para autoeximirse de tanto delito cometido por personas de su organigrama más directo.
Incomprensión en la que siempre me he mostrado maniqueo, porque ante ese escaqueo solo me caben dos posibilidades: o el alto cargo en cuestión no tiene decencia o, simplemente es tonto. O tonta.

Decencia, la necesaria para dimitir cuando todas o casi todas las personas de confianza política del mandamás han participado –presuntamente, claro- en escándalos que ya se encuentran en período de instrucción judicial, constando en los diferentes sumarios desde el robo más vulgar, hasta el cohecho, la prevaricación  o cualquier otro delito por corrupción.

Tontería, bobería, ineptitud, cuando esos altos cargos se hacen los locos y declaran hasta la saciedad que ellos –o ellas- no sabían nada de lo que ocurría en el despacho de al lado. Estupidez, cuando esos altos cargos tutelan empresas públicas o proyectos en los que se ha cometido corrupción, mientras desde su presidencia pretenden no tener responsabilidad política alguna. Lo dicho, o son indecentes o simplemente más tontos que un haba. O no reconocen haberse enterado o prefieren aparecer socialmente como imbéciles que no se enteran de nada.

Sea cual sea el caso, altos cargos del PP y del PSOE fundamentalmente –y en menor medida otros pertenecientes al resto de partidos-, esos políticos manifiestan una desvergüenza absoluta por haberse atrevido a gobernar, tanto si no pensaban dimitir nunca pasara lo que pasara, como porque su pretendida inopia les debiera haber impedido ocupar el cargo por incompetencia.

Mientras toda esta gentuza alardea de su inocencia, en la actualidad existen pequeños ladrones de alimentos, sindicalistas algo pasados de rosca o juveniles ladrones de bicicletas –ahora reinsertados, con trabajo y con familia a su cargo- que han sido rápidamente condenados y ya se encuentran a las puertas de la cárcel si el gobierno no lo remedia.

Ya dijo el actual presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, que la ley estaba hecha para los robagallinas –léase robabicis-, lo que como ciudadano me avergüenza, me indigna y me urge aún más a prestar todo mi apoyo a un gobierno capaz de cambiar de una vez las miserias de este país por un sociedad más justa. Dimitan lo ineptos y queden libres los pequeños delincuentes que no merecen entrar en prisión. Al menos hasta que todos los ciudadanos estemos en igualdad de condiciones ante la justicia.

Twitter: @jsegurasuarez

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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