Opinión

¿Cerró bien las piernas?

Jose Segura / LO QUE HAY

Esa es la pregunta que aquella mujer presuntamente violada no deseaba escuchar de la boca de la juez que la interrogaba y a la que había pedido protección. Hoy, Día de la Mujer, esta sandez –ya denunciada por la asociación Clara Campoamor ante el Poder Judicial- se suma a los muchos agravios de todo tipo, incluidos los comparativos con el hombre, que las mujeres sufren desde tiempo inmemorial. Y aunque parezca que la cosa mejora, no lo es tanto.

La violencia machista; las violaciones; los insultantes silencios –que se pueden cortar a cuchillo- de los hombres en conversaciones con mujeres de las que no interesa su opinión; las inaceptables diferencias salariales entre mujeres y hombres por un mismo trabajo; la muy insuficiente presencia de mujeres en los puestos de decisión; la inadaptación de los hombres a la absoluta libertad de las mujeres y muchos otros atentados contra la igualdad, son solo algunos de los aspectos que nos obligan a conmemorar días como hoy, que ojala pasen pronto a la historia.

Pero en esta ocasión, a todas estas vejaciones, se suma la extrema pobreza de muchas mujeres. De hecho, ayer mismo publicábamos en este mismo magazine un extracto del “X Informe de la Pobreza en Valencia”, promovido por la ONG valenciana Casa Caridad. Un informe demoledor, que además de negar fehacientemente los logros sociales del gobierno del PP durante esta pasada legislatura –ojo al dato de que los españoles que acuden a pedir ayuda a esta organización ya superan en número al de inmigrantes-, expone también que ya son más mujeres que hombres las atendidas en esa organización.

Resulta así doblemente insultante que todavía haya quien se empeña en negar la desigualdad social, a la que ahora se suma también la pobreza mayoritaria de las mujeres.

Por eso, en días como hoy, estamos todos obligados a reflexionar sobre los hábitos sociales y las políticas de gobierno que siguen dejando a las mujeres en la cuneta, discriminadas, abandonadas a su suerte y tantas veces ninguneadas.

Hoy los hombres –y también muchas mujeres- deberíamos mirar fijamente a los ojos de nuestras madres, de nuestras hermanas, parejas, amigas o compañeras de trabajo. Una mirada profunda que nos indique si somos capaces, en conciencia, de admitir sus penurias sin desviar la vista. Mayoritariamente y según los hechos de todos conocidos, la respuesta más honesta debería ser no. Eso ya sería un buen principio, una excelente oportunidad para aprender a convivir en igualdad.

Twitter: @jsegurasuarez

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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