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Pequeñas cosas

Noe Martinez
Noemí Martínez

Noe Martínez /LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat

– Tú no lo sabes, pero yo te quiero hasta las estrellas, pero hasta las pequeñitas y todo.

Que me quiere, no sólo lo sé, lo huelo, lo toco, lo río, lo baño, lo meto en la lavadora, lo colocolo en la mochila y suelo abrazarme a ello cuando cada noche, de madrugada, me pregunto en qué momento me volveré a sentir igual de cansadamente feliz que ahora, que mis niños me creen el epicentro de su volcán de alegría. Y entiendo, porque no soy tan boba como me lo hago, que mucho de su ‘querer’ es ‘necesitar’, y aún así, me repiiiiiirra disfrutar de ese cariño excesivo y alocado que mis hijos confiesan a boca llena, quizá con restos de Nocilla o sal de gusanitos de maíz en las comisuras, haciendo de su hermoso regalo de amor lo más tierno y perdurable del disparatado e intenso arte de ser una mamá imperfecta. De ser una mamá como yo, que voy sin mapa, sin brújula, sin plan B, sin red, pero full of superpoderes para curar pupas de parque, pataletas por cansancios extremos, dolores de alma y almita porque alguien no ha querido jugar con ellos en el patio o evitar hablar sobre si el Rey León hace llorar al más pintado cuando el padre se queda pajarito a los pies de la marabunta.

Soy la mamá que soy, con mis cosas y mis días más chungos que otros, pero lo soy por y para ellos, que no hay nada que me guste más que mirarlos y pensar qué suerte la mía, pero qué suerte la mía.

– ¿Y cómo lo sabes? – Le digo, babeando como un caracol al que la casita le pesa cuarto y mitad.

– Pues porque cuando hacemos todo juntos, todo sale bien.

– Ahí está: el amor, como los flanes, siempre tienen que salir bien…

Me río y en ese instante aterriza en mi cara el bebé, que no sabe hablar, pero domina el lenguaje voluntades como nadie. Nos lee las miradas, interpreta los gestos, intuye intimidad y quiere su parte.

Puede que no sepa decirme que me quiere hasta las estrellas, incluso las más pequeñitas, pero sus babas ácidas, sus ojitos achinados, fruto de su risa contagiosa, que hace que los estaréhaciéndolobien se inmolen a su suerte. Solo tengo dos brazos, pocos kilos, no demasiados centímetros de altura, pero cuando los niños me toman a su suerte, tengo la sensación de ser una pedaleta de playa, en la que lo mismo caben tres que cuatro, siempre y cuando ordenemos extremidades y avancemos todos en el mismo sentido.

– Y Lorenzo también te quiere, ¿no ves que está casado contigo…? – Nicolás se ríe, porque su hermano equivoca rumbo, y empieza a escalar por sus piernas.

– Yo no estoy casada con Lorenzo, amor, estoy casada con papito… – No puedo parar de reír, porque la empanada mental de mi mayor es un sindiós magnífico.

– Noooo, con papito te casaste cuando él era un chico, ahora estás casada con Lorenzo y conmigo, ¿o es que no lo ves?

– Pues no sé si lo veo, la verdad… – Sigo poseída por la fantástico de la conversación.

– Tú eres la mujer de Lorenzo y la mía; y nosotros somos…

Silencio. Cara estar buscando un unicornio azul o la receta para que no se pegue la bechamel. El bebé, que se cosca de que no hablamos, interviene a su manera, tocándonos la boca con su dedido regordete.

– ¿Vosotros, qué, mi rey…? – Inquiero, presa de una curiosidad infinita.

– Pues nosotros somos tus cosiñas de amor, claro…

Ay.

Ay.

Ay.

Porplís, reanímenme, denme una paliza con las palas esas que dan descargas y que siempre usa el doctor House cuando descarta el Lupus como diagnóstico iluminati. Si aún no fenecí emoción, debo estar a puntito. Tiemblo de arriba abajo, de izquierda a derecha, haciendo de la Yenka la melodía de mi entusiasmado corazón.

– Ya lo creo que lo sois…

Abrazo a los tipos extraordinarios que me han salido de dentro mientras oigo que el rinrín de la secadora, chivándose de que lleva ya un rato esperándome. Así al día siguiente tuviésemos que ir todos en taparrabos a falta de muda sequita, desenmarañarme de aquel ovillo de felicidad, no entraba en mis planes.

– ¿Qué pasa aquí, que no se me invita…?

Los niños ríen y reclaman que su papito se una a lo que sea tan agradable que está pasando en mi regazo.

El bebé ha conseguido meter un bracito por debajo de mi camiseta y me pellizca como queriendo arrancarme capas de epidermis. Sea o no su cometido, entre uña y carne, debe tener unas cuantas células epiteliales maternas: ¡madre de Dios, lo que araña el muchacho!

– Esto es la fiesta del achuchoncito, ¿qué te parece…? – Le digo, dándome una panzada maravillosa a abrazos locos.

– Me parece que soy el padre, y sin el padre presente, no hay fiesta que mole…

Y el padre se une al aquelarre de babas, de carcajadas, de arañazos (ay, Señor, pelada como un plátano, así voy a quedar después de esta crianza…), de cosquillas, de no más, no más, que me hago pis de la risa.

Un haz de luz, de cariño y ternura incomparable, qué sino.

Y es entonces cuando estoy convencida de que pequeños momentos de disparate como éste son la recompensa, el regalo y la dádiva de la vida, que segura de que sobran momento en los que tirar la toalla es también una opción, quiere ser generosa con nosotros hasta el extremo. Sí, con déficit de sueño desde los Mundiales del 82, pero con el corazón en almíbar, en su punto pre-diabético, sé a pies juntillas que no habrá muchos instantes tan increíbles como éste, por eso me esfuerzo en sentirlos, y hago un esfuerzo ímprobo en retenerlos en mí, para siempre jamás. Porque la felicidad no se puede medir, ¡qué injusto sería!, tener un baúl de emociones y emocioncitas al que acudir en caso de necesidad de cariño inminente, es el verdadero sentido de todo este tinglado de amar a manos llenas, de amar hasta que el esqueleto te baila Regetón.

Amar a mis niños, qué cosa tan increíble.

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