Opinión

Correctores

Susana Gisbert Grifo

Susana Gisbert

Esta mañana me comentaba una amiga muerta de risa algo que le había pasado. Otra amiga le había enviado una imagen entrañable deseándole buenos días y, aunque ella quiso contestar “Qué bonita”, al corrector de su móvil no le pareció adecuada su respuesta, y lo cambió por un “Antoñita”. Y la receptora, que desde luego no se llama Antonia ni Antoñita -ni siquiera la Fantástica- aún estaría con los ojos como platos tratando de descifrar el mensaje subliminal de aquella respuesta, si es que lo había, si mi amiga no se lo hubiera aclarado en el momento.

Y es que los correctores parece que tienen vida propia, y que en ocasiones los dirige un diablillo malandrín que gusta de liarlo todo. Con resultados que, incluso, pueden llegar a truncar amistades si no se desface a tiempo el entuerto, o a hacer quedar a una como una tonta. O cosas peores.

Recuerdo una Nochevieja, en los remotos tiempos del sms, en que elaboré un mensaje personal para felicitar el año a mis contactos. En él hacía referencia a entrar en el año con fuerza. Al corrector no le gustó, y me jugó una mala pasada que hizo que, debidamente avisada por una amiga entre caracajadas, tuviera que enviar un nuevo texto aclarando el anterior. Lo que decía el mensaje primitivo lo dejo a la imaginación del lector, aunque es fácil suponerlo. O no.

También es antológica la obcecación del corrector en negarse a transcribir la palabra “telemático” . Así que, sin darnos cuenta, enviamos notificaciones por vía telepática que han dado para más de un chascarrillo. Pero es lógico. Es mucho más bonito comunicarse por telepatía que por medio de un ordenador, a dónde va a parar. Comprendamos al corrector.

No hace mucho, un tuit de contenido jurídico decía tan ricamente que los investigados se habían acogido a su derecho “a no trabajar”. Otra travesura del corrector, que debía seguir los dictados del subconsciente de quien lo manejaba. Porque, ¿a quién no le apetece ejercitar ese derecho?

Hagan la prueba. El diablillo es caprichoso. El mío se niega a poner “espero” y lo cambia por “espeto”, como si todo el día anduviera deseando comer unas sardinas en la playa. Lo que tampoco está mal, por cierto. Y me cambia “por ellas” por “paellas”, así que o estoy muy atenta o todo el mundo debe estar pensando que mi estómago está en directa conexión con mi cerebro. También me cambia “estupefacta” por “estupefacientes” y “martes” por “Marte”, como si anduviera medio flipada día sí y día también. Y los ejemplos son infinitos. Cada cual que pruebe. Pero lo curioso es que no actúan igual con todo el mundo. Debe ser que hasta los teclados tienen corazón. Por eso a otra amiga le acaba dfe cambiar un “Buenos días” por un “Bondad” que le ha parecido más empático. Dónde va a parar

Pero hay que andarse con cuidado. No siempre son cosas simpáticas ni fácilmente entendibles. Y conozco más de un caso que un corrector desata problemas en algún grupo. Que el lenguaje es muy rico y entre “indulto” e “insulto” solo hay una letra pero un abismo de significados, como estre “caspa” y “casta”. Y un malentendido puede acabar con un mundo de buen entendimiento.

Así que, señor diablillo del corrector, no sea tan travieso  que cualquier día genera un conflicto de estado. O, mejor pensado, séalo, y recuerde a esos políticos que hablan por Whatsapp que el ciudadano es lo que importa. Seguro que encuentra la forma.

@gisb_sus

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