Opinión

Seguidores y perseguidores

Susana Gisbert

 

Muchas veces he ponderado las virtudes de las redes sociales, sobre todo frente a quienes las demonizan como si fueran un antro virtual de lujuria y perversión o poco menos. Se fortalecen vínculos reales, se crean amistades virtuales que pueden acabar siendo analógicas, se reencuentran amigos de los viejos tiempos y muchas otras posibilidades. Además de poder servir de altavoz para reivindicaciones o de dar voz a los que no la tienen, por supuesto. Y hasta de fuente de información, siempre que se haga el debido uso y se contraste lo que se lee, que no todo lo que viene bendecido por el pajarito azul va a Misa.

Pero como todas las cosas del mundo, tiene su cara y su cruz, el yin y el yan, el blanco y el negro. Y en esa otra cara de la moneda se encuentran los trols, que pueden llegar a convertirse en pesadilla y que, en todo caso, resultan francamente cansinos. Los trols, además de los sempiternos enemigos de David el Gnomo y, por extensión, de todo el mundo virtual -aunque no habite en setas ni haga pócimas mágicas- son cuentas o titulares de ellas que se dedican a torpedear a aquel que ponen en su punto de mira. Con finalidades variadas, que supongo que van desde la contrareivindicación hasta el mero afán de hacer la puñeta.

Reconozco que los hay con ingenio, y que algunos resultan tan tiernos que llega a cogérseles hasta cariño. Contestaciones con retranca, preguntas retóricas o réplicas inteligentes pueden ser incluso recibidas con una sonrisa por el troleado, si anda bien de autoestima, capacidad de autocrítica y sentido del humor. Y hasta ahí, vale. Aceptamos pulpo como animal de compañía.

Pero, por desgracia, no todos son así. Y los hay que se dedican sin más a la descalificación gratuíta, al insulto soez o al ataque feroz y casi fanático. Y eso sí que no. Ahí no hay ternura que valga ni causa que lo justifique.

Un buen amigo me dijo una vez que no se era nadie en redes sociales si no se tenía al menos un trol y un imitador. Así que, al parecer, ya soy alguien. Lo del imitador es una cuestión puntual, y la dejo para otro momento. Pero a lo del trol –o mejor dicho, los troles- me arriesgo a hincarle el diente. Aunque se retroalimenten. ¿Quién dijo miedo?

Pues bien, además de algún graciosillo habitual que incluso ha llegado a hacerme reir, hay una legión que les da por emprenderla contra quienes enarbolamos determinadas banderas. La mía –o una de ellas- es la lucha contra la violencia de género. Tampoco descubro ningún secreto con ello, que ya saben quienes me hacen el honor de leerme que les doy la tabarra con el tema un día sí y otro también.

Y aunque no lo crean, hay quien piensa que eso merece ser reprendido, perseguido o reprochado un día tras otro. Y, con una argumentación que roza el absurdo, se enfrentan a quienes nos empeñamos en visibilizar la violencia de género trayéndonos noticias –la mayoría, no contrastadas- de mujeres que agreden a sus maridos, de niños o ancianos maltratados o de supuestas denuncias falsas. Como si el hecho de tratar de defender a las víctimas de violencia de género me restara sensibilidad para defender a niños, ancianos y a cualquiera que sufra la injusticia. Ni de reprochar a quienes denuncien falsamente, en los casos en que los haya –que, en violencia de género son escasísimos por más que traten de mostrar otra cosa-.

Pues bien, señores, ahí queda eso. Estoy en contra de la violencia de género. Pero también estoy en contra del maltrato a los animales, de la homofobia, del racismo, del maltrato infantil, del calentamiento del planeta, y de cualquier clase de injusticia que vea. Como no podía ser de otra manera. Y no veo que el hecho de que existan estas injusticias vaya a solucionar la pandemia que es la violencia de género. Que me lo expliquen.

Pero algunos van aún más lejos. Creen que la descalificación personal o profesional o el insulto aporta algo a su causa. Y no veo cómo se puede relacionar, por alguien medianamente inteligente, el insulto a alguien con la defensa de esas causas que #existen, o que dicen que #existen en algunos casos.

Y lo peor de todo es quienes, consciente o inconscientemente alimentan al bicho. Le rien las gracias, entran en el juego o le proporcionan material para sus embestidas. Pero esa es otra historia, como diría una buena amiga.

Así que, queridos trols, ahí seguiremos. Una vez Miguel Lorente dijo que él tenía en twitter seguidores y perseguidores. De modo que, si eso me hace parecerme a él, es un honor. Que ustedes lo troleen bien.

@gisb_sus

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Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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